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Taylor Swift, el Eras Tour y el cruce de un umbral

Foto: Emma McIntyre/Getty Images para TAS Rights Management

Alrededor de Taylor Swift se consolida algo que excede largamente la figura de una artista en la cresta más alta. Es un fenómeno cultural que ya no admite interrupciones y que The Eras Tour empujó hasta una escala inédita. El documental The End of an Era intenta ordenar ese proceso y darle un cierre narrativo y en ese intento, más que clausurarlo, deja ver una forma de acontecimiento total que organiza cuerpos, afectos, tiempos y expectativas en torno a la promesa precisa y reiterada de un show que exista sin fisuras.

Esa consigna aparece formulada con claridad y funciona como programa general de esta maquinaria: make it seem effortless, que el mundo no penetre, que las swifties disfruten y no piensen en nada más, que la experiencia se cierre sobre sí misma con la intensidad suficiente como para suspender cualquier exterioridad. Más allá del profesionalismo o de la excelencia técnica se impone una lógica de borramiento en la que el cansancio, el dolor y la fragilidad solo tienen visibilidad cuando amenazan con interferir en el funcionamiento del sistema Taylor Swift ® y, mientras todo lo demás es absorbido, neutralizado o vuelto accesorio en nombre de la continuidad del espectáculo. If I bleed you’ll be the last to know.

El modo en que quienes la rodean hablan de ella confirma esa lógica y la cantante ya no aparece como jefa ni como colega, sino como aquello que se representa. Un bailarín dice tomarse su trabajo con absoluta seriedad porque él aparece sólo en pos de ella; la coreógrafa vuelve a bailar simplemente porque Taylor se lo propone; una corista atraviesa una quimioterapia y regresa al escenario. En lo que se nos permite ver, nadie parece forzado, nadie habla del sacrificio como martirio, predominan el orgullo, el amor, la convicción de estar participando de de un instante trascendental. Es que para que exista un ejército dispuesto a darlo todo, además de un salario millonario, hace falta una promesa de un orden más simbólico: la de trabajar para ser parte de; la de no limitarse a tener una tarea, sino a sostener un acontecimiento que reclama devoción.

Esa promesa se extiende con especial fuerza hacia el público. La experiencia está cuidadosamente diseñada para que nadie sienta que llegó tarde, que algo se le escapó, que hubo un momento decisivo ocurrido en otro lugar. Las redes pueden anticipar cada movimiento, y sin embargo el show insiste en producir la sensación de algo irrepetible. En esta era, donde todo puede verse antes de suceder, el acontecimiento se desplaza de la novedad a la presencia, el haber estado ahí cuando ocurrió, haber permanecido más de tres horas y media, haber sostenido el cuerpo y la atención como si esa duración fuera, en sí misma, la prueba de haber participado de la historia.

Porque The Eras Tour, leído inicialmente como la hazaña física de un show de más de tres horas sostenido noche tras noche, se vuelve todavía más elocuente cuando se lo piensa en términos de duración y repetición: 149 funciones, el mismo cuerpo expuesto y exigido, la misma entrega reiterada ante más de diez millones de personas (10.168.008 entradas), hasta convertir lo que parecía una proeza excepcional en un estándar aspiracional de grandeza. El exceso deja de ser anomalía y pasa a funcionar como mandato. Darlo todo.La nostalgia opera ahí como engranaje central de ese modelo. Las eras se recorren con una puesta en escena monumental que permite volver sobre los fantasmas del pasado sin que ninguno se vuelva verdaderamente conflictivo, todo dispuesto para alcanzar una emoción compartida, legible y segura. Una nostalgia apta para todo público, capaz de reunir en un mismo llanto a mujeres de treinta y pico, adolescentes y niñas de ocho años, produciendo una transversalidad que no es un efecto secundario sino parte constitutiva del programa. Además de un recital, The Eras Tour se impone como evento generacional, como experiencia común cuidadosamente calibrada.

… I've been scheming like a criminal ever since
To make them love me and make it seem effortless
This is the first time I've felt the need to confess
And I swear
I'm only cryptic and Machiavellian 'cause I care
(Mastermind)

Hay en Taylor Swift una necesidad persistente de que todo cierre, de que cada recorrido encuentre su forma circular. En ese marco, la aparición del nuevo novio ingresa en un encaje perfecto. Finalmente un amor dispuesto a seguirla, un amor que aparece, que acompaña la lógica de exposición total. El compromiso, su incorporación explícita al show y al documental, funcionan como una clausura donde el deseo mayor de la narrativa swiftie encuentra por fin su forma estable y visible. La incomodidad que esto produce entre las fans no proviene del hecho en sí, sino de ese cierre excesivo, de la sensación de que incluso el amor durante años narrado como falta, herida y espera, necesita ahora quedar resuelto, archivado, sin dejar zonas abiertas para quienes acompañaron esa espera. Please, I’ve been on my knees / change the prophecy / Don’t want money / Just someone who wants my company / Let it once be me. Aunque siempre haya sido ella.

Dentro de ese marco, el mundo exterior aparece regulado, jerarquizado, filtrado. Hay geografías que quedan fuera del relato y el documental salta de Europa a Estados Unidos sin mencionar Latinoamérica, como si ciertas experiencias (las swifties mojadas, el beso en los baños Basani y la primera aparición del novio) no formaran parte del mapa simbólico del acontecimiento. La historia que se narra es global, pero no del todo, es universal en la medida en que encaja dentro del relato que se desea construir. Esa retórica del afuera negado se vuelve más inquietante cuando el mundo irrumpe de manera irreductible. El atentado ocurrido durante un evento vinculado a Taylor Swift, en el que murieron tres niñas, aparece apenas bordeado, sin pronunciar nombres, reducido a la formulación de “lo que sucedió”. Algo similar ocurre con la muerte de Ana Clara Benevides, una fan brasileña de 23 años que falleció por agotamiento térmico durante un show del Eras Tour en Río de Janeiro, en medio de una ola de calor extremo. Taylor Swift canceló la fecha siguiente a último momento mientras el público esperaba, pero no esa: el espectáculo continuó esa noche, como si incluso frente al colapso del cuerpo el acontecimiento no pudiera detenerse. El dolor real, imposible de metabolizar por la máquina, queda suspendido en un llanto incómodo, y el mundo sensible sólo puede ser abordado cuando amenaza con interferir en el funcionamiento del sistema.

Por eso resulta tan difícil verla humana. No por falta de gestos amables ni de palabras cuidadas, es que el dispositivo no lo habilita. Taylor Swift ® no puede detenerse, no puede cancelar, no puede fallar, y esa imposibilidad no se agota en la exigencia física del show. La picadora de carne incluye también un control férreo de todo lo que rodea a la marca: la artista que regrabó su obra para recuperar derechos mecánicos y de reproducción —gesto celebrado con razón— es la misma que baja sistemáticamente cualquier contenido considerado infractor de sus 438 marcas registradas a nivel global, desde una fiesta temática en el fin del mundo que no afecta sus ganancias hasta la merch no oficial producida por fans.

Ese impulso de control se expande en la proliferación infinita de versiones: vinilos en todos los colores posibles, ediciones extendidas con canciones nuevas, remixes, acústicos, variaciones mínimas que mantienen a la máquina Taylor Swift (TAS Rights Management, LLC.) siempre en movimiento. La recuperación de derechos convive así con una lógica de saturación que empieza a hacer ruido, la vuelve ambigua, tensa, difícil de celebrar sin reservas. Ahí mismo, la autodefinición de Swift como entertainer adquiere otro peso, porque ya no se trata solo de producir música. La tarea es garantizar que la experiencia ocurra completa, cerrada, sin restos. Una entertainer no se retira, no suspende, no desaparece, está siempre disponible, siempre funcionando, incluso para sí misma. Lo que todavía no sabemos es cuánto tiempo puede durar esa forma de entrega. 

Gracias a @beluIibelula por las conversaciones swifties y a Luna, como siempre.


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