

Algo para darnos
Para arañar el infinito debes disfrazarte de mujer o de hombre o de alguien que pueda manejar una navaja multiuso luego de un accidente naufragio
la locura es quizás no poder ver el sol o verlo fijo mucho tiempo o quizás que alguien deje de amarte de golpe y porrazo
o caminar por la calle y ya
no creo en las coincidencias mucho menos en el disfraz de un chiste ni en la enredadera que comienza a cubrir todas las casas de esta cuadra
como si la gente se hubiera rendido al tiempo
¿Vos siempre estas pensando en un incendio? ¿Qué tan azules son todos tus dioses?
Me respondes que no creés en nada ni tan grande ni tan chico para que las hormigas no se ofendan porque ellas como el hombre saben convertir su carga en bagaje del dolor una idea de la muerte un simple detalle
en los animales está la verdad porque son sentido común también un residuo orgánico
nosotros nos complicamos hasta el hueso de amor impuestos el ciático amordazado no sabemos dónde poner las manos mientras nos besamos ni los ojos cuando no nos vemos ni cómo cruzar la calle sin querer morirnos
¿Y eso te parece normal?
Estoy desvariando otra vez
mi cuerpo es un tubo donde pasa el viento o una voz amena como un susurro que atraviesa los pasillos desolados de un castillo donde rige mi hartazgo
llega a los oídos de un vampiro que en sus hombros lleva su propio ataúd
responde al eco
la obsesión con la vida es el oro que le pedimos al mundo

Danza narcótica
Es prematuro todo poema para la sensación que chorrea del cuerpo caprichoso. Es dorado el líquido cuando pienso en vos, azul cuando no me encuentro en mi cara. La confusión del momento, la bala que me atraviesa la garganta, las alas escuálidas de tu ángel seco. Vos manejas con los ojos en el camino, yo relojeo el desastre. Resuenan en mi piel los leones que bordean la ruta, es un safari inusual, una salvaje danza narcótica. Hoy el día fue escaso y fui dueño de mi neurosis. Elegimos dormir con luz, lo más cercano a la señora Muerte. No sé qué enfermedad me fue diagnosticada, solo sé que es terminal. Tampoco sé a dónde va la gente que me pide indicaciones, yo pienso en el temblor, recuerdo tu cinismo y tu fuego en palma. Finalmente nos será dado el milagro, la fórmula del amor planetario. Nuestros nuevos cuerpos encarnaran el valor, la caricia y otra estafa. Alguien me reconoció dragón, todas las enseñanzas de mis vidas desembocan en este río de fuego que es mi boca. Reconozco el placer del vicio estrellado por mi exceso circular. Con esto alargo mi canto azul solitario en esta disco rococó. Voy a enaltecer a un Dios bondadoso, saturaré la intensidad eterna y aceptaré el horizonte del color que venga.

Un poema nuevo
Al borde del cantero de palabras los hombres lloran, están adoloridos, piden plegarias al estaño, la poesía es destruir el cuerpo y no quiero asustarlos, quiero que entiendan.
En este momento el miedo está amamantando al ángel de cemento entre las frutas, el verdulero tiene una esperanza dormida. En la calle un cartel dice mi nombre y el 105, en numerología dice que soy el empuje del mundo
(en realidad lo invento ¿no suena bien ser el empuje del mundo?)
No se lo que quiero pero lo quiero ahora, doy hasta la vida cantando por esto, o por cualquier cosa.
¿Es la muerte la única salvación? Ahí no hay palabras. Se pierden entre los edificios de concreto de una ciudad esperpento. Yo los derrumbo. Los derrumbo con el careo constante de mi ternura aglotonada y me duele.
Veo a la gente corriendo del escombro y nadie que nos tape, me deprime como un animal obeso. La ciudad es en realidad un campo minado, entre vos y yo siempre hay fuego. ¿Te acordás de esa metáfora de ser islas? Ahora soy un ancla atada a una palmera.
Descubro desesperado: ya no quiero ser el empuje, quiero ser un espejo para el amor del mundo.


Lo que pensaste la primera vez que me viste
Fue un relámpago que cayó lento, después corrimos a la introducción, deformamos el lenguaje de tanto reírnos. Una situación que nunca pudimos describir, como el momento antes del desastre, fuimos un hospital abandonado, el cuidado en el derrumbe. Del dolor de no coincidir hicimos un jolgorio, de la torpeza un medio para la ternura iluminada por los autos que atraviesan la autopista. Aprendimos a ser más grandes que una idea azotada por el pataleo de un niño que saluda a un barco ya lejano. Estoy mintiendo menos para dejar de asustar, el estrago de la droga me pega distinto y la noche es un país que bordeo. Consulto al calendario como un horóscopo frígido, no hay un día distinto ni una luz que me parezca infinita. Aprendí a llorar bailando, un tipo de exorcismo de las cosas que no van a pasar nunca, ya nunca un beso, ni un sonido que nos envuelva, algo que siempre me va a conmover, finalmente nos convertimos en nutrias, nos arrastra la corriente pero dormimos abrazados.

Íntimo y anónimo El brillo de la noche y el chico que cree que va a sacar un poema de mi. Amor fetiche artista melancolía pop el eco de la saliva que cae de nuestras bocas y golpea contra el piso. ¿Y a vos qué te alcanza? ni la vergüenza ni mi cansancio que cede ante la voz de un dios del verano es íntimo y anónimo. Después del dolor de no ser elegido el amor parece un adorno que junta polvo en la estantería del local de algún hombre muerto y yo no soy ningún tesoro. Nunca es una despedida ni el final el planeta es redondo hasta que explote creo en el encuentro como en una amenaza por eso en mi bolsillo llevo un arma tiene forma de espejo.

Imanol Guerschman nació en Buenos Aires en el 2000. Estudia trabajo social en la UBA y forma parte del colectivo autogestivo de poesía Un libro una casa, donde dicta talleres de escritura creativa. Publicó El centro de la fiesta (Halley, 2024) y Los amores imaginarios (Hexágono, 2025) y, como editor, los anuarios de poesía contemporánea Derecho a la poesía.





