Una intervención sobre la marcha del orgullo

Fotografía: Juan Pablo Barrientos

Este texto es el producto de conversaciones con Celeste Damiani y Luna Schvartzman

Este año, la Marcha del Orgullo en Buenos Aires se sintió rara; vacía y llena al mismo tiempo. En la superficie, el mismo brillo de siempre: glitter, plumas, cueros, zungas, strap-ons, encajes, furros, chongas, putos, travas. Pero debajo del pavimento, algo estaba más apagado: la energía de la marcha parecía errática, dispersa, como si cada unx marchara por su cuenta, o como si el pulso se hubiera disuelto entre los parlantes. Algo que nos quedó resonando entre el folklore gay, el tecno keta y el pop de mujer: “creo que ya no va a ser el día más importante del año”. Nosotrxs, sin darnos cuenta, en algún momento de la tarde y siguiendo el ritmo de Shakira y ABBA, terminamos marchando junto a una carroza sin inscripciones políticas, que terminó siendo la del Centu, la fracción diversa de un grupo  cristiano protestante. Quizás la Marcha del Orgullo se volvió un gesto que ya no incomoda tanto.

Sin embargo, a principio de año fue distinto, cuando no marchamos por nuestro orgullo sino como un instinto de supervivencia. La Marcha Federal del Orgullo Antifascista Antirracista LGTBIQNB+, convocada por la asamblea en Parque Lezama en repudio a los dichos de Milei en Davos —cuando nos llamó pedófilos—, fue otra cosa. La asamblea, que tuvo una concurrencia amplia y multisectorial, estuvo cargada de tensión, de política; algunxs decían que había que marchar todas las semanas, otrxs que desde ahí mismo vayamos al Congreso, o a Plaza de Mayo.

Desde los años noventa, el Orgullo baila desde Plaza de Mayo hasta el Congreso, siguiendo el llamado de Jáuregui: “Vamos al Congreso porque allí se votarán las leyes que nos deben1.” Este primero de febrero, en cambio, el trayecto se invirtió y fuimos del Congreso a la Casa Rosada, de espaldas a la historia, de frente al poder. Nicolás Cuello y Silvio Lang escriben: “Esta vez decidimos marchar a contramano, desde el Congreso a Plaza de Mayo, dando vuelta el sentido histórico que traza las movilizaciones de nuestro orgullo desde 1992 (…) De culo al Congreso, para acabar en la boca de Casa Rosada, y así mirar cara a cara a un presidente que cree que puede discriminarnos, perseguirnos y llamar a nuestro exterminio, como si nada, como si no tuviera consecuencias.”2 Dar vuelta la marcha se sintió como escuchar un nuevo latido de nuestra rabia, a veces anestesiada, fue casi una desobediencia, una forma de recuperar el cuerpo político, una marcha que se sintió de todxs, no tanto un desfile.

En 1992, en la primera Marcha del Orgullo, la CHA no estaba de acuerdo con la consigna. Decían que “no podemos sentirnos orgullosos de ser discriminados”, que preferían hablar de dignidad3, y sin embargo marcharon igual, porque había algo más importante que el desacuerdo: la responsabilidad histórica de ocupar la calle. Esa escena de disenso que no impide el encuentro dice más sobre el sentido político del orgullo que cualquier cartel. Nadie estaba de acuerdo en todo, pero todxs entendieron que había una tarea por encima. En comparación, el orgullo del sábado pasado fue un escenario vacío, vaciado, es como si hubiéramos olvidado que todo nació del odio, del odio que el mundo nos tuvo; del odio que, a veces, sentimos en respuesta. “La vida está en peligro” no es solo una consigna: es un diagnóstico materialista. 

Primera Marcha del Orgullo. Buenos Aires, 3 de julio de 1992. Fuente: Biblioteca Nacional Mariano Moreno (Argentina). Departamento de Archivos. Fondo Editorial Sarmiento. (recuperada en Moléculas Malucas)

El orgullo de hoy, con su industria del glitter y su economía rosa, forma parte de un régimen de obediencia afectiva: subjetividades felices, pero obedientes. ¿Más rabia y menos fiesta? Quizá solo recuperar el cuerpo, no como espectáculo, sino como trinchera. Las izquierdas se obsesionan con explicar el avance del fascismo a partir del “resentimiento” o la “crueldad”, olvidando que los procesos de subjetivación son inseparables de las condiciones materiales que los producen, recupera Macarena Marey del materialismo histórico, en Jacobin, sobre el triunfo de Milei en Argentina4. Si el capitalismo necesita cuerpos obedientes, también necesita una «disidencia sexual» dócil, cuerpos integrados al mercado de la diversidad, subjetividades orgullosas pero no peligrosas. Parece que nos domesticamos bajo las voces supuestamente progresistas que culparon a la comunidad y a las leyes de diversidad de los malos desempeños electorales del gobierno anterior. Como si hubiéramos reconocido, silenciosamente, la culpabilidad por desviar la atención de la precariedad económica (como si una gran parte del colectivo no las padeciera), apenas con la defensa de nuestro derecho a existir.

Nosotrxs también habitamos esas jerarquías supremacistas de las que habla Marey. No son un “afuera” puro, son el margen que el orden capitalista necesita para sostener su centro. El capitalismo no produce el mercado del arcoiris gay como una excepción, sino como función, como el límite de lo tolerable, lo que hace visible la obediencia, por eso puede absorberlas. De la abyección al marketing hay solo un pliegue y el orgullo domesticado es la prueba: la diferencia incorporada como espectáculo, la desviación convertida en eslógan de inclusión. Pero al romper esa función, se interrumpe la maquinaria. Ahí se vuelven verdaderamente peligrosas. Ahí dejan de ser identidad y vuelven a ser fuerza política. El ejemplo es la Marcha invertida de principios de año.

No proponemos una marcha paralela, otro simulacro de desviación sin riesgos, como la izquierda partidaria se repite cada año en una misma lectura de la Marcha del Orgullo y su cooptación, su pérdida de carácter de lucha, la idea de que habría que “recuperarla” o armar una movilización nueva. Una reducción binaria —cooptado versus auténtico— que termina volviendo opaca la contradicción. Si la FALGBT o la Comisión del Orgullo se financian con embajadas o empresas5, entonces todo el movimiento estaría “contaminado” o “traicionado”, abrazando el capitalismo global. Una crítica que aborda la superficie de la subjetividad y del gesto moral. No se trata de disputar quién es más puro o más de izquierda, sino de entender cómo la máquina del capital y sus formas de supremacismo, colonialismo y patriarcado, produce incluso nuestras formas de orgullo y de  lazo social. Si el pinkwashing existe, no es porque haya “una injerencia sionista”6 en la FALGBT, más bien nos acecha porque el capitalismo necesita mostrar su rostro inclusivo para sostener la obediencia. Reducir el pinkwashing a una “injerencia sionista” o a la acción de ciertas organizaciones religiosas o partidos es una lectura conspirativa.

Quizá es mejor estar adentro y tensar, interrumpir. No hay subjetividad fuera de las condiciones materiales de existencia. No hay afuera: hay lucha dentro. Aunque no todxs quieran ser visibles políticamente o tener una responsabilidad histórica. Quizás es lógico que así sea, dadas las condiciones de agotamiento que son parte de esta trama. La marcha también aloja esa lógica, la de quienes solo van a pasarla bien, tomar una cerveza, comer un brownie loco, dejar que por un rato nada duela. No se trata de señalarlo con desprecio: hay que entenderlo. Y, aún así, combatir ese estancamiento, dando discusiones, cuestionando el estado de cosas en el que nos encontramos. No dar la otra mejilla. Poner el culo, como dice Lemebel. Volver a ser incómodxs, provocadorxs. Con un odio vital, lúcido, político. Contra el odio del fascismo, proponer un odio que nos proteja, que nos propulse. Un odio que vuelva a mover la marcha. Mientras repetimos que “la vida está en peligro”, seguimos buscando formas de seguir viviendo.


  1. Ferreyra, M. E. (5 de noviembre de 2025). La organización de la primera Marcha del Orgullo en Argentina. Moléculas Malucas ↩︎
  2.  Cuello, N., & Lang, S. (31 de enero de 2025). Marchar a contramano. Revista Anfibia. ↩︎
  3. Ferreyra, M. E. (5 de noviembre de 2025). La organización de la primera Marcha del Orgullo en Argentina. Moléculas Malucas ↩︎ ↩︎
  4. Marey, M. (3 de noviembre de 2025).  La izquierda sin objeto. Revista Jacobin
    ↩︎
  5.  Jimena Sofía (12 de octubre de 2025). La FALGBT, la Marcha del Orgullo y el pinkwashing sionista en casa. Prensa Obrera ↩︎
  6. Ídem anterior. ↩︎


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3 respuestas a “Una intervención sobre la marcha del orgullo”

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