El papá de Hamnet

Hace poco un escritor argentino bastante conocido se lamentaba en un streaming en vivo por haberse quedado años al lado de su hija mientras él era infeliz. Decía algo así como que la nena recibió el paquete entero de un padre depresivo, un padre oscuro, un padre que arruina el aire. Mirá lo que cobraste por tenerme cerca. Luego también dijo que tal vez debió irse. Irse para estar bien o volverse feliz o para dejarle, quizá, “algo más”. Ese “algo más” aparece siempre envuelto en otra cosa y sirve para no nombrar la pérdida. “Algo más” intenta tapar la escena de la huida, el no haber podido. “Algo más” convierte el abandono en una pedagogía. El hombre lo cuenta y el relato queda limpio, sin barro, sin la mugre de los días, la hija transformada en destinataria abstracta, el padre transformado en proyecto. Qué es ese “algo más” más que un modo de salvarse a sí mismo sin alardear de haberlo hecho. Es una fantasía de compensación donde se quita el cuerpo y se da una promesa. O a cambio de la ausencia se ofrece un futuro. Te quito un padre cotidiano y te dejo un padre mejorado a distancia, con otra respiración, con otra piel, con otra biografía.

La palabra “feliz” entra ahí con vaselina. Felicidad como herencia. Felicidad como bien transmisible. Felicidad como un alambique, el hombre pasa por el fuego de la crisis, destila su versión potable, y la hija hereda el destilado. En el medio queda lo que no entra en el vaso, el sedimento, la resaca, lo agrio, el resto.

Ese padre del streaming conversa, sin saberlo, con el padre de Hamnet. Los dos montan la misma coartada del irse para no pudrir el aire doméstico, irse para no sentir la mediocridad pegada al cuerpo. Y para volverse alguien. El de Hamnet se va y deja una consigna de Revista Padres, “sé valiente”, pero la frase no cura la peste. Hamnet muere en una agonía insoportable y noble, y el padre llega tarde a la escena. Al cuerpo del hijo. El “algo más” aparece después, pasado por la máquina del teatro. Lo convierte en obra. La madre, que sí estuvo, se indigna. Derecho básico es que el ausente no administre la tragedia, el ausente no la escribe, el ausente no la convierte en repertorio, y aun así, cuando la madre ve la obra, se sobrecoge. La obra acierta, la obra la toca, trae al hijo de vuelta por una puerta falsa, lo devuelve vivo para el público, pero sigue muerto para la madre. “Algo más” tiene esa crueldad, porque llega cuando ya no sirve para acompañar.

La madre, en cambio, no tiene Londres. Tiene la casa y la peste cuando llega a arrebatarle a sus hijos. Tiene a los gemelos que deliran y al varón que queda encerrado en ese espacio entre la vida y la muerte, un pasillo sin puerta. La madre se queda en la distancia exacta en donde no hay relato. Cambia el paño cuando se enfría, vuelve a mojarlo, lo escurre en la palangana y lo apoya otra vez en la frente. Cuenta los minutos para que amanezca. Y también renuncia a algo, al bosque, al saber del bosque, a la respiración del bosque. Cambia de territorio y con eso cambia la suerte de los cuerpos que cría. Los hijos crecen adentro, bajo techo, en un mundo que no era el suyo, y en esa mudanza mínima, en esa asimilación doméstica, pesa una condena sin villano. Porque no es que el bosque salvara (o sí) y la casa matara. Es que el mundo decide por ella el lugar donde se enferma, el lugar donde se muere, el lugar donde después el ausente escribe.

Cuando el padre de Hamnet debe irse a Londres para “encontrarse a sí mismo” pensé en el padre de Sentimental Value. Ahí, el padre reaparece con un guion que es más un regalo envenenado. Quiere filmar a la hija mayor, a la vez que la acusa de grosera, la desprecia por elegir teatro, la mide, la corrige, la castiga, y sin embargo escribe un guion que roza la verdad íntima de su depresión, su derrumbe, una zona que el padre no presenció. Otra vez el mismo escándalo: el que no estuvo lo captura un tono, canaliza una agonía ajena con una precisión que humilla a los presentes. Ahí el “algo más” se revela como sustitución. La obra sustituye la presencia. El guion sustituye el abrazo. En vez de un padre cerca, una forma. En lugar del cuerpo, un texto.

El escritor del streaming cree que debió irse para dejarle “algo más”. Qué deja un padre cuando se va. Un hueco, un clima. Deja una teoría, deja una explicación que suena noble y que a veces es apenas un modo de no sentir culpa. Deja también la posibilidad de convertirse en relato, de volver más adelante con un guion, con una casa prometida, con una obra, con el discurso de la felicidad. Vuelve con la distancia convertida en virtud. Y ahí, debajo de la idea, queda lo más simple: los padres infelices. Padres que convierten su infelicidad en argumento, que quieren dejar un excedente para tapar su deuda. Padres que se van y vuelven con un “algo más” en la mano, siempre una promesa.


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